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LA HILARIDAD CAE EN CASCADA

Los niños desde sus camas observaban constantemente el reloj. Pablo se tocaba su cabeza rápida y apretaba los labios, lamentándose de que la manecilla del minutero avanzara tan lento. Adelina aún se sentía cansada por la última quimioterapia, pero por nada del mundo deseaba dormir, con gran esfuerzo se sentó y apoyó su espalda sobre la cabecera de la cama. Ingresó a la sala la enfermera Jimena, se apresuró a darles pastillas a Carlos y Nicolás, porque si llegaba Cascarita, nadie iba a atender las indicaciones de ella o cualquier otra enfermera durante la siguiente hora. Algunos pequeños hablaban en voz baja, otros se lanzaban bolitas de papel, pero cuando el reloj marcó las doce del día, se enmudeció la sala, algunos se frotaban las manos, todos miraban la puerta de la entrada.

La puerta se abrió y entró un hombre con traje verde, traía una peluca risada y nariz de payaso. Atravesó la sala con los dos pies sobre una patineta. Al llegar a la pared del fondo, chocó, se fue hacia atrás dando dos maromas. La sala estalló en risas.

—Con ustedes Bodoque y Estrella –dijo Cascarita al ponerse de pie.

Ingresó un niño vestido de arlequín, tocaba un tambor, tras él iba una joven vestida de payasita, hacía malabares con tres naranjas. Ambos tenían los rostros pintados.

Los visitantes daban vueltas en el cuarto, bailaban y hacían muecas. A Estrella se le cayeron las naranjas. Cascarita sin dejar de bailar sacó un paquete de cartas del bolsillo de su saco. Les dijo a los niños que haría un truco de magia, pero pisó una naranja, fue a dar al piso y volaron los naipes. La hilaridad fluía en la sala como cascada.

Estrella indicó que necesitaba dos niños para un juego. Carlos, Pedro y Nicolás brincaron de sus camas. Pedro no llegó a tiempo. Adelina se sintió frustrada de no tener las fuerzas para participar en las actividades. Siguiendo las instrucciones de la payasita, Carlos y Nicolás imitaron con señas y sonidos de sus bocas a diferentes animales de la selva. Al final Cascarita los correteó con una cubeta y los niños terminaron bañados en confeti.

Algunas enfermeras y médicos se hallaban en la puerta, maravillados con las risas de los niños a quienes tantas veces los habían visto deprimidos.

Cascarita intentó varios trucos de magia, pero siempre se le frustraban por un accidente cómico. La única tarea de Bodoque era tocar el tambor al ritmo de las actuaciones de sus compañeros, pero igualmente despertaba la simpatía de todos los niños.

A Pablo se le desvaneció la tristeza que le había provocado el haber perdido el cabello. A Adelina se le olvidó que había llorado la noche anterior, porque supo que iba a perder el año escolar.

Una hora duró el espectáculo. Los artistas fueron despedidos con aplausos y gritos de alegría.

Cascarita y Bodoque entraron al baño de hombres, se desmaquillaron los rostros y se cambiaron sus trajes por ropas normales. Al salir se encontraron con Estrella en el vestíbulo del hospital.

El médico jefe los felicitó por la actuación y los acompañó a la salida.

—¿Venimos mañana sábado? –propuso Cascarita.

Bodoque frunció la boca y contestó:

—Tengo mucha tarea y el domingo iré al cine con mis papás. Quizá el lunes.

Cascarita miró a Estrella a los ojos.

—También podré hasta el lunes. Saldré con mis amigos el fin de semana.

Los chicos luego de despedirse se retiraron. El médico jefe observó a Cascarita.

—Entonces, ¿lo veo el lunes?

—No, yo sí vendré mañana –observó a Estrella y Bodoque alejándose entre la gente– ellos son jóvenes, con toda una vida por delante. Ellos pueden hablar de un mañana, están sanos. Yo no tengo esa cualidad, puedo colapsar en cualquier momento. Tal vez necesito el espectáculo más que los pobres niños. Al menos puedo tener una hora de felicidad en cada uno de los días que me quedan de vida.

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